El pasado día 29 de abril, alumnos de 4º de ESO y de 1º de Bachillerato de nuestro insti acudieron con tres lindas profes a la Biblioteca Valenciana con el fin de asistir a un encuentro literario con Jorge Bucay, uno de los gurúes de la terapia y la autoayuda a través principalmente de cuentos de gran contenido simbólico y amenidad.
Antes de la charla, y como es habitual en la organización de estos eventos, una competente y jovenzuela guía nos llevó de paseo cultural e histórico por las instalaciones del edificio, antiguo monasterio de la orden de los Jerónimos. Así, aprendimos que en uno de los pabellones hubo una cárcel, que las celdas de antaño son despachos hogaño, que las tumbas de Germana de Foix y Fernando de Aragón seguramente no contienen resto alguno de ninguno de ambos, y que en la fachada del edificio, además del imponente arcángel san Miguel, aparecen los tres Reyes Magos: de ahí el nombre del monasterio. La gran decepción de los estudiantes consistió en que ninguno de los robots en forma de cochecitos que trasladan libros de un lugar a otro estaba en activo durante nuestro recorrido; se quedaron con ganas de ver estos artefactos que tienen incluso intermitentes y caminan solos en un marco arquitectónico que remite a épocas remotas.
Alimentada la mente, tocaba el almuerzo en la soleadísima cafetería de la entrada del edificio. Y el gran momento de la charla llegó, aunque con retraso. La imponente iglesia que sirve de salón de actos se llenó de inmediato con la presencia de Bucay; y no lo digo sólo por la complexión y envergadura del escritor, sino por su carisma, que asomó a la segunda frase que dijo, y aumentó si cabe por la cadencia de su acento argentino. La presentación que se nos hizo de él por parte de un erudito cuyo nombre no logré retener ya había preparado esa impresión. Jorge Bucay habló poco en un principio para dar paso a las preguntas, pero en ese breve tiempo lo hizo con inteligencia y se ganó a un público muy joven en su mayoría que en seguida se entregó, pues en un santiamén el escritor dio impresión de cercanía, de fragilidad como la de cualquier mortal y de un sentido del humor y sinceridad muy atractivos.
Las preguntas se sucedían sin descanso. El autor habló humildemente de su vocación por ser de utilidad a sus semejantes, manifestada desde la infancia en su deseo de ser bombero; de cómo halló camino para esa vocación en la medicina primero, en la psiquiatría cuando se especializó y en la psicoterapia y la escritura finalmente; alabó con frecuencia la pertinencia de las preguntas de los adolescentes y respondió a algunas de ellas con cuentos ilustrativos y gráficos. Pero bajo esa apariencia de naturalidad y de improvisación, quisiera resaltar las dos ideas que me resultaron más profundas: una es que la felicidad no es estar contento, sino saber qué puesto tenemos en la vida y ser consecuentes con ello; y, relacionada con esta, que el rumbo de cada cual es lo que cada cual debe aprender para ser uno mismo y no otro.
Desde la antigüedad se han escrito apólogos y fábulas didácticas, y hoy en día puede o no gustar este tipo de literatura; puede o no parecer una simplificación de la psicoterapia; puede o no pensarse que tras las buenas intenciones existe un afán materialista. Pero de lo que no cabe duda es de que el pasado jueves, el Gordo (como se denomina a sí mismo en uno de sus libros) planteó preguntas que pueden ayudar a todos en el camino de ser personas. Y eso, frente a otros productos de consumo que se tragan muchos adolescentes, ya es dar un pasito más en una formación en valores.
Ángela Hualde