El argumento de la obra nos muestra la historia de un coronel, que “durante cincuenta y seis años […] no había hecho nada distinto de esperar” la llegada del correo con la asignación de una pensión por su participación en la lejana guerra civil, la del coronel Aureliano Buendía, cuya figura volverá a emerger años después en Cien años de soledad. Para ello, acudirá obstinadamente cada semana al puerto a esperar la llegada del correo, pero la respuesta que le dará el administrador será siempre la misma: "el coronel no tiene quien le escriba".
El escenario de esta historia es un pequeño pueblo "de la tierra del trópico", al que, por cierto, no se le otorga ni nombre, lo que, en mi opinión, tiene una doble intención: de un lado lo denigra al despojarle de identidad; además, nos viene a decir que lo que pasa en ese pueblo podría pasar en cualquiera, puesto que su ambiente
miserable y opresivo es algo común a todos los pueblos del trópico.
Sabemos que estamos en 1956 porque, en un momento de la obra, el médico del pueblo (que, además de médico, es un conspirador y se encarga de la distribución clandestina de la prensa) le presta al coronel un periódico entre cuyos titulares leemos “una crónica sobre la nacionalización del Canal de Suez”, que ocurrió precisamente ese año. Esa manera indirecta de ofrecer al lector las coordenadas histórico-temporales en que transcurre la acción no es más que el reflejo de las dificultades que tenía la gente para enterarse de lo que verdaderamente pasaba en la sociedad.
Por otro lado, el coronel, además de esperar su pensión, se dedica a criar un gallo de pelea, sacrificando incluso su propia comida y la de su mujer para poder alimentarlo. En el gallo están cifradas todas sus esperanzas de salir de la miseria. Sin embargo, lo que hace que no lo venda no es eso. Si el coronel no lo vende, aun no disponiendo de nada para comer o estando dispuesto a comer “mierda” si se diera el caso, es porque el gallo representa un desafío a la autoridad (al hijo del coronel lo mataron en la gallera mientras repartía información clandestina), es como una reivindicación, “como una forma personal de vengar al hijo muerto”. El gallo, además, es un símbolo que encierra una significación más profunda: a través de sus garras y su porte altivo se evoca la violencia extrema que define a la sociedad de ese momento, patente incluso en las actividades de entretenimiento (como las peleas de gallos). Al mismo tiempo, tenemos que considerar el gallo como símbolo del orgullo de un hombre (el coronel) que “hacía cada cosa como si fuera un acto trascendental”, orgullo que se hace patente, por poner un ejemplo, cuando, camino del entierro del “primer muerto de muerte natural […] en muchos años” (alusión velada a la carnicería producida por la confrontación civil anterior al estado de dictadura militar del momento) prefiere mojarse antes que guarecerse bajo el paraguas que le ofrece don Sabas, “el único dirigente de su partido que escapó a la persecución política y continuaba viviendo en el pueblo”.
Como se puede observar, la situación política es de capital importancia en la obra, aunque el narrador utilice un tono elíptico y de referencia indirecta, y casi siempre prefiera “pasar de puntillas” por la situación, antes que regodearse en descripciones directas y prolijas del estado de sitio en el que se encuentra el pueblo. De algún modo, el tono de la narración está acorde con la actitud de la gente; el tono austero e hiriente refleja una masa social que tampoco hace frente a quien le oprime, sino que asume con resignación su estado miserable. Se obliga, por tanto, a que el lector lea “entre líneas” (igual que hacía el médico al leer el periódico) ya que “lo que el texto deja por decir es precisamente lo más importante”.
Por lo que respecta a la mujer del coronel, hay que decir que es el contrapunto perfecto de su marido. Descrita con tintes fantasmagóricos a veces (“era tan menuda y elástica que cuando transitaba con sus babuchas de pana […] parecía tener la virtud de pasar a través de sus paredes”), resulta ser un personaje sufriente y quejoso, pero fuerte e irónico al mismo tiempo. Vemos en ella una evolución paulatina. Al principio se nos presenta como una mujer enferma “construida apenas en cartílagos blancos sobre una espina dorsal arqueada e inflexible”, la cual está obligada a “preguntar afirmando” debido a “los trastornos respiratorios” que padece; observamos que en un principio se esfuerza en guardar las apariencias, para lo cual tendrá incluso que poner a hervir piedras en ocasiones; después se lanzará, sin embargo, a vender cualquier objeto por el que le puedan dar algo; hasta que al final, acuciada por el hambre y la enfermedad, acabe agarrando por la solapa a su marido para que, de una vez por todas, venda el gallo y tengan un respiro económico.
Por otro lado, la censura se muestra también en su vertiente religiosa. Es el párroco del pueblo, el seco padre Ángel, el que difunde la calificación moral de las películas por medio de campanadas (casi siempre “malas para todos”, como se queja la esposa del coronel) siguiendo “la lista clasificada que recibía todos los meses por correo”. Sin embargo, la función del párroco no se limita simplemente a comunicar las películas que la gente debe ver o no, sino que ejerce un papel vigilante que contribuye a dilapidar uno de los pocos resquicios de libertad que podrían quedar en esa sociedad tan cerrada (“sentado a la puerta de su despacho, el padre Ángel vigilaba el ingreso para saber quién asistía al espectáculo a pesar de sus doce advertencias”).
La religión, por tanto, no sólo no ofrece consuelo alguno, sino que se erige en un mecanismo represor más del poder político. De este modo, apoyándose en la supuesta inmoralidad de ciertas películas, se anulan las pocas posibilidades de evasión (también de contacto con el exterior) que podría encontrar la gente en las pantallas del cine, impidiendo con ello el desarrollo cultural del pueblo.
Precisamente esta cuestión, la cinematográfica, podemos enlazarla con la técnica narrativo-descriptiva que caracteriza a esta novela. Es de todos conocido que García Márquez fue un enamorado (un “fan” diríamos ahora) del “séptimo arte”; justo antes de instalarse en París y escribir El coronel… estudió cinematografía durante varios meses en Roma, donde el Neorrealismo contaba con múltiples adeptos. La técnica cercana al reportaje que encontramos en películas como El ladrón de bicicletas de Vittorio de Sica o en Roma, ciudad abierta de Rossellini me parece perfectamente equiparable al tratamiento tan visual y pegado a la realidad que encontramos en El coronel… Hay varias escenas que podrían ilustrar esto muy bien (por ejemplo, cuando se nos describe con minuciosidad el interior del armario de don Sabas, de abajo arriba, como si de una cámara de video se tratara), pero me voy centrar en el comentario de un párrafo que me parece muy ilustrativo del estilo que impregna toda la obra y que, además, encierra en muy pocas líneas los principales símbolos de la novela. El párrafo, que viene precedido de una noche de pesadillas y sudores helados, dice así:
Amaneció estragado. Al segundo toque para misa saltó de la hamaca y se instaló en una realidad turbia alborotada por el canto del gallo. Su cabeza giraba todavía en círculos concéntricos. Sintió nauseas. Salió al patio y se dirigió al excusado a través del minucioso cuchicheo y los sombríos olores del invierno. El interior del cuartito de madera con techo de zinc estaba enrarecido por el vapor amoniacal del bacinete. Cuando el coronel levantó la tapa surgió del pozo un vaho de moscas triangulares.
Este fragmento me parece, como he dicho anteriormente, bastante explicativo de lo que hemos estado viendo hasta ahora, y es que no creo que se pueda decir más con menos palabras. Con un estilo austero y aparentemente sencillo, el narrador nos lleva de la hamaca donde “dormía” el coronel hasta el “excusado” del que surgen, en una imagen bastante degradante (y cinematográfica al mismo tiempo), un puñado de moscas “triangulares”, tocando además todos los sentidos (“minucioso cuchicheo” –oído-, “sombríos olores” –olfato y, en cierto modo, vista-, “vapor amoniacal” -olfato-, etc.) y atando cada nombre a un solo adjetivo en un intento de depuración expresiva. Las frases son cortas y no están exentas de cierto ritmo; sin embargo, el tono es áspero y cortante. Por otro lado, sólo con la primera oración de este fragmento nos sobra para familiarizarnos con los elementos que forman parte de la rutina diaria del coronel y, por extensión, de toda la sociedad en que se mueve: los toques de las campanas de la iglesia (símbolo opresor omnipresente) introducen al coronel en una realidad que es “turbia” no sólo por sus problemas intestinales, claro, sino por la violencia que continuamente la depreda (de ahí que aparezca “alborotada por el canto del gallo”, símbolo de la violencia).
Otro elemento que recorre la obra y que, por otro lado, humaniza a los personajes (sobre todo, al coronel y su mujer; también al médico) es la ironía, pero no una ironía amable, limpia, sino una ironía empuñada como estilete amargo para combatir la falta de libertad, la podredumbre moral y física del ambiente y el atraso cultural tremebundo en que se encuentra sumida esa sociedad. Los ejemplos abundan: “desde que hay censura los periódicos no hablan sino de Europa”, nos dice el médico, “lo mejor será que los europeos se vengan para acá y que nosotros nos vayamos para Europa. Así sabrá todo el mundo lo que pasa en su respectivo país”; ante la imagen de la mujer del coronel vestida a retazos de colores, éste le dice: “pareces una pájaro carpintero”, a lo que ella replica: “hay que ser un poco carpintero para vestirte”; vemos más comentarios irónicos: “este es el milagro de la multiplicación de los panes”, reza el coronel antes de cada comida, pero todos ellos dejan un regusto amargo.
En definitiva, nos encontramos ante un pueblo estancado, atrasado social y culturalmente, sumido en la corrupción (“piense usted”, le dirá al coronel su abogado, “que ha habido siete presidentes y que cada presidente cambió por lo menos diez veces de gabinete y que cada ministro cambió sus empleados por lo menos cien veces”), asolado por la violencia, la incomunicación, donde la censura está en todos los ámbitos de la vida (“Prohibido hablar de política”, reza un cartel en la sastrería), y donde ya nada puede sorprender.
El narrador, utilizando a veces un tono áspero, cortante, austero (reflejo de las gentes y de la realidad que describe), irónico otras (aunque bajo la ironía subyaga una tristeza llena de patetismo) pero muy visual y expresivo al mismo tiempo, nos introduce poco a poco en la turbiedad de una sociedad que gira al compás que el toque de queda y las campanas “censoras” le marcan, y donde la violencia y el caudillaje militar están tan enquistados que, de tan repetido, resulta hasta tedioso.
Damián Cuenca Abela
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El escenario de esta historia es un pequeño pueblo "de la tierra del trópico", al que, por cierto, no se le otorga ni nombre, lo que, en mi opinión, tiene una doble intención: de un lado lo denigra al despojarle de identidad; además, nos viene a decir que lo que pasa en ese pueblo podría pasar en cualquiera, puesto que su ambiente
miserable y opresivo es algo común a todos los pueblos del trópico.Sabemos que estamos en 1956 porque, en un momento de la obra, el médico del pueblo (que, además de médico, es un conspirador y se encarga de la distribución clandestina de la prensa) le presta al coronel un periódico entre cuyos titulares leemos “una crónica sobre la nacionalización del Canal de Suez”, que ocurrió precisamente ese año. Esa manera indirecta de ofrecer al lector las coordenadas histórico-temporales en que transcurre la acción no es más que el reflejo de las dificultades que tenía la gente para enterarse de lo que verdaderamente pasaba en la sociedad.
Por otro lado, el coronel, además de esperar su pensión, se dedica a criar un gallo de pelea, sacrificando incluso su propia comida y la de su mujer para poder alimentarlo. En el gallo están cifradas todas sus esperanzas de salir de la miseria. Sin embargo, lo que hace que no lo venda no es eso. Si el coronel no lo vende, aun no disponiendo de nada para comer o estando dispuesto a comer “mierda” si se diera el caso, es porque el gallo representa un desafío a la autoridad (al hijo del coronel lo mataron en la gallera mientras repartía información clandestina), es como una reivindicación, “como una forma personal de vengar al hijo muerto”. El gallo, además, es un símbolo que encierra una significación más profunda: a través de sus garras y su porte altivo se evoca la violencia extrema que define a la sociedad de ese momento, patente incluso en las actividades de entretenimiento (como las peleas de gallos). Al mismo tiempo, tenemos que considerar el gallo como símbolo del orgullo de un hombre (el coronel) que “hacía cada cosa como si fuera un acto trascendental”, orgullo que se hace patente, por poner un ejemplo, cuando, camino del entierro del “primer muerto de muerte natural […] en muchos años” (alusión velada a la carnicería producida por la confrontación civil anterior al estado de dictadura militar del momento) prefiere mojarse antes que guarecerse bajo el paraguas que le ofrece don Sabas, “el único dirigente de su partido que escapó a la persecución política y continuaba viviendo en el pueblo”.
Como se puede observar, la situación política es de capital importancia en la obra, aunque el narrador utilice un tono elíptico y de referencia indirecta, y casi siempre prefiera “pasar de puntillas” por la situación, antes que regodearse en descripciones directas y prolijas del estado de sitio en el que se encuentra el pueblo. De algún modo, el tono de la narración está acorde con la actitud de la gente; el tono austero e hiriente refleja una masa social que tampoco hace frente a quien le oprime, sino que asume con resignación su estado miserable. Se obliga, por tanto, a que el lector lea “entre líneas” (igual que hacía el médico al leer el periódico) ya que “lo que el texto deja por decir es precisamente lo más importante”.
Por lo que respecta a la mujer del coronel, hay que decir que es el contrapunto perfecto de su marido. Descrita con tintes fantasmagóricos a veces (“era tan menuda y elástica que cuando transitaba con sus babuchas de pana […] parecía tener la virtud de pasar a través de sus paredes”), resulta ser un personaje sufriente y quejoso, pero fuerte e irónico al mismo tiempo. Vemos en ella una evolución paulatina. Al principio se nos presenta como una mujer enferma “construida apenas en cartílagos blancos sobre una espina dorsal arqueada e inflexible”, la cual está obligada a “preguntar afirmando” debido a “los trastornos respiratorios” que padece; observamos que en un principio se esfuerza en guardar las apariencias, para lo cual tendrá incluso que poner a hervir piedras en ocasiones; después se lanzará, sin embargo, a vender cualquier objeto por el que le puedan dar algo; hasta que al final, acuciada por el hambre y la enfermedad, acabe agarrando por la solapa a su marido para que, de una vez por todas, venda el gallo y tengan un respiro económico.
Por otro lado, la censura se muestra también en su vertiente religiosa. Es el párroco del pueblo, el seco padre Ángel, el que difunde la calificación moral de las películas por medio de campanadas (casi siempre “malas para todos”, como se queja la esposa del coronel) siguiendo “la lista clasificada que recibía todos los meses por correo”. Sin embargo, la función del párroco no se limita simplemente a comunicar las películas que la gente debe ver o no, sino que ejerce un papel vigilante que contribuye a dilapidar uno de los pocos resquicios de libertad que podrían quedar en esa sociedad tan cerrada (“sentado a la puerta de su despacho, el padre Ángel vigilaba el ingreso para saber quién asistía al espectáculo a pesar de sus doce advertencias”).
La religión, por tanto, no sólo no ofrece consuelo alguno, sino que se erige en un mecanismo represor más del poder político. De este modo, apoyándose en la supuesta inmoralidad de ciertas películas, se anulan las pocas posibilidades de evasión (también de contacto con el exterior) que podría encontrar la gente en las pantallas del cine, impidiendo con ello el desarrollo cultural del pueblo.
Precisamente esta cuestión, la cinematográfica, podemos enlazarla con la técnica narrativo-descriptiva que caracteriza a esta novela. Es de todos conocido que García Márquez fue un enamorado (un “fan” diríamos ahora) del “séptimo arte”; justo antes de instalarse en París y escribir El coronel… estudió cinematografía durante varios meses en Roma, donde el Neorrealismo contaba con múltiples adeptos. La técnica cercana al reportaje que encontramos en películas como El ladrón de bicicletas de Vittorio de Sica o en Roma, ciudad abierta de Rossellini me parece perfectamente equiparable al tratamiento tan visual y pegado a la realidad que encontramos en El coronel… Hay varias escenas que podrían ilustrar esto muy bien (por ejemplo, cuando se nos describe con minuciosidad el interior del armario de don Sabas, de abajo arriba, como si de una cámara de video se tratara), pero me voy centrar en el comentario de un párrafo que me parece muy ilustrativo del estilo que impregna toda la obra y que, además, encierra en muy pocas líneas los principales símbolos de la novela. El párrafo, que viene precedido de una noche de pesadillas y sudores helados, dice así:
Amaneció estragado. Al segundo toque para misa saltó de la hamaca y se instaló en una realidad turbia alborotada por el canto del gallo. Su cabeza giraba todavía en círculos concéntricos. Sintió nauseas. Salió al patio y se dirigió al excusado a través del minucioso cuchicheo y los sombríos olores del invierno. El interior del cuartito de madera con techo de zinc estaba enrarecido por el vapor amoniacal del bacinete. Cuando el coronel levantó la tapa surgió del pozo un vaho de moscas triangulares.
Este fragmento me parece, como he dicho anteriormente, bastante explicativo de lo que hemos estado viendo hasta ahora, y es que no creo que se pueda decir más con menos palabras. Con un estilo austero y aparentemente sencillo, el narrador nos lleva de la hamaca donde “dormía” el coronel hasta el “excusado” del que surgen, en una imagen bastante degradante (y cinematográfica al mismo tiempo), un puñado de moscas “triangulares”, tocando además todos los sentidos (“minucioso cuchicheo” –oído-, “sombríos olores” –olfato y, en cierto modo, vista-, “vapor amoniacal” -olfato-, etc.) y atando cada nombre a un solo adjetivo en un intento de depuración expresiva. Las frases son cortas y no están exentas de cierto ritmo; sin embargo, el tono es áspero y cortante. Por otro lado, sólo con la primera oración de este fragmento nos sobra para familiarizarnos con los elementos que forman parte de la rutina diaria del coronel y, por extensión, de toda la sociedad en que se mueve: los toques de las campanas de la iglesia (símbolo opresor omnipresente) introducen al coronel en una realidad que es “turbia” no sólo por sus problemas intestinales, claro, sino por la violencia que continuamente la depreda (de ahí que aparezca “alborotada por el canto del gallo”, símbolo de la violencia).
Otro elemento que recorre la obra y que, por otro lado, humaniza a los personajes (sobre todo, al coronel y su mujer; también al médico) es la ironía, pero no una ironía amable, limpia, sino una ironía empuñada como estilete amargo para combatir la falta de libertad, la podredumbre moral y física del ambiente y el atraso cultural tremebundo en que se encuentra sumida esa sociedad. Los ejemplos abundan: “desde que hay censura los periódicos no hablan sino de Europa”, nos dice el médico, “lo mejor será que los europeos se vengan para acá y que nosotros nos vayamos para Europa. Así sabrá todo el mundo lo que pasa en su respectivo país”; ante la imagen de la mujer del coronel vestida a retazos de colores, éste le dice: “pareces una pájaro carpintero”, a lo que ella replica: “hay que ser un poco carpintero para vestirte”; vemos más comentarios irónicos: “este es el milagro de la multiplicación de los panes”, reza el coronel antes de cada comida, pero todos ellos dejan un regusto amargo.
En definitiva, nos encontramos ante un pueblo estancado, atrasado social y culturalmente, sumido en la corrupción (“piense usted”, le dirá al coronel su abogado, “que ha habido siete presidentes y que cada presidente cambió por lo menos diez veces de gabinete y que cada ministro cambió sus empleados por lo menos cien veces”), asolado por la violencia, la incomunicación, donde la censura está en todos los ámbitos de la vida (“Prohibido hablar de política”, reza un cartel en la sastrería), y donde ya nada puede sorprender.
El narrador, utilizando a veces un tono áspero, cortante, austero (reflejo de las gentes y de la realidad que describe), irónico otras (aunque bajo la ironía subyaga una tristeza llena de patetismo) pero muy visual y expresivo al mismo tiempo, nos introduce poco a poco en la turbiedad de una sociedad que gira al compás que el toque de queda y las campanas “censoras” le marcan, y donde la violencia y el caudillaje militar están tan enquistados que, de tan repetido, resulta hasta tedioso.
Damián Cuenca Abela
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